Autorregulación: Cuando la flexibilidad es el problema

En nuestra práctica profesional, a menudo, llegan padres desesperados en busca de ayuda, pidiendo soluciones urgentes para ese niño que explota de furia, pega portazos, grita o le revolea algo a su hermano; con expresiones como “¡ya no sabemos que hacer!”, “¿cómo podemos ayudarlo?”.

En muchas ocasiones, los niños pueden experimentar una pérdida de control y una incapacidad para frenar sus reacciones, conduciéndose de forma impulsiva, intensa y desorganizada; tanto ante sucesos desagradables como también cuando experimentan emociones positivas (por ej, en un ataque de ira o de alegría inapropiada). Estas reacciones desproporcionadas, pueden observarse cada semana o incluso cada día, causando malestar en el niño y afectando su autoestima, sus relaciones y su vida cotidiana.

Es lo que conocemos con el nombre de “Desregulación Emocional”, y la encontramos habitualmente en los problemas de crianza, las dificultades de adaptación a situaciones novedosas o inesperadas, en estilos de afrontamientos disfuncionales, y en una gran variedad de cuadros clínicos (trastornos internalizantes y externalizadores).

Los niños, van desarrollando habilidades de autorregulación a medida que crecen. Pero  que aquellos que tienen dificultades en su flexibilidad cognitiva, generalmente carecen de esa capacidad. Los niños reaccionan exageradamente en el momento porque no pueden detenerse, reflexionar sobre la situación e implementar soluciones.

Estas dificultades del niño para gestionar y expresar adecuadamente las emociones, preocupan e invitan al adulto a realizar algún tipo de acción para resolver la situación.  No es de extrañar entonces, que los padres enfoquen sus esfuerzos en controlar el comportamiento inadecuado de su hijo/a; intenten inhibirlo/a o callarlo/a; se muestren ellos también desbordados por sus emociones del momento; o recurran al castigo. Reacciones que, por lo general, contribuyen a una mayor desregulación (del niño y del adulto).

Uno de los elementos que interviene en estas situaciones, suele ser la rigidez cognitiva que genera la sensación de quedarse “encajado” o “atascado” en un punto, dirigiendo la atención a un único aspecto del problema, sin ser capaz de comprender qué está pasando y encontrar otras alternativas de acción. En otras palabras, no será posible fomentar la flexibilidad cognitiva en los niños, sin contemplar también esta capacidad en sus padres.

¿Y qué podemos hacer desde nuestro rol?

  • Ayudar a los padres a comprender que el proceso de regulación emocional se desarrolla con el crecimiento, implica tiempo y requiere un modelado por parte del adulto.
  • Validar los sentimientos de los padres en esas situaciones, diferenciando emoción de conducta y sin caer en juicios de valor (para que luego puedan replicarlo con sus hijos)
  • Guiarlos en el análisis de las situaciones para conocer de qué manera y con qué intensidad son desencadenadas las emociones en su hijo (los umbrales personales de reacción, latencia, intensidad y el tiempo que lleva al niño recuperar el equilibrio emocional)
  • Recentrarlos en “reevaluar” la situación desde otra perspectiva: pensar 2 o 3 razones diferentes por las cuales el niño puede haber reaccionado de ese modo; contemplar los detalles de la situación desde el lugar del niño; reflexionar acerca de las posibilidades de cambio que crean sus propias reacciones; contrastar los objetivos que quieren alcanzar y qué resultados están obteniendo; etc.
  • Ayudarlos a encontrar conductas más adaptativas, planificando nuevas respuestas frente a las situaciones problema y anticipando las consecuencias de su accionar.
  • Alentarlos a estimular la flexibilidad cognitiva en sus hijos a través de juegos y actividades.

(SUGERENCIA DE MEJOR-ANDO: Para trabajar la flexibilidad cognitiva en niños te recomendamos los juegos “Ay me equivoqué” y “En tu lugar”).

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    2021-02-13T16:24:33+00:00
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